domingo, 8 de agosto de 2010
Sobre este mundo hostil
Es cierto que uno puede llegar a acostumbrarse a dar largos viajes en autobús de varias horas durante una época de su vida. Pero cuanto más cierto es esto, más lo es el hecho de que esas épocas pasan y que de pronto un buen día te encuentras colocado en un asiento de autobús en posición fetal, como un huevo en equilibrio, balanceándote con las curvas de un lado para otro mientras sientes como tu cerebro se mueve dentro de la cavidad ósea de tu cráneo, zarandeándose nauseabundo y vomitándote ideas absurdas a la consciencia a diestro y siniestro. Esto te pilla por sorpresa, sin previo aviso, y las cosas que te pillan por sorpresa suelen afectarte el triple de lo normal.
Una de las primeras cosas que aprendes al estar constantemente en la carretera para trayectos de cuatro horas es a llevar siempre encima una chaqueta o algo con lo que cubrirte. Esto es porque absolutamente todos y cada uno de los conductores de autobuses de viaje tienen un tipo de defecto en la piel que hace que no regulen bien la temperatura en la que se encuentran. No se como se le llamará a esta extraña enfermedad, pero de lo que si estoy seguro es de que si quieres ser conductor de autobuses de viaje, tienes que incluirla en el currículum, si no, pollas.
Durante todo el trayecto el jodido conductor irá jugando con el aire acondicionado y la calefacción, activándolas a intervalos y alternativamente, aunque sin responder a un orden lógico. Vas tan a gusto y de repente “FFFFFFFFFFFFF” el estruendo del aire acondicionado aparece. Ves todas las cabezas por encima de los asientos de tus compañeros de viaje y observas sus pelos agitándose y aplastándose repentinamente, debido a la presión violenta de los chorros de aire que siempre, repito, SIEMPRE estarán apuntando directamente hacia tu cara. La reacción natural es por centésimas espasmódica y al instante un sinfín de brazos se alzan para bajar o directamente cerrar los conductos de ventilación que les corresponden. Pero eso no sirve para nada, el aire no sólo circula hacia esas salidas, sino que en los márgenes del techo, pegadas al cristal, hay unas ranuras alargadas que despiden feroces chorros de aire congelado contra los que no podrás hacer nada. Al rato girarás la vista y observarás tu brazo cubierto por una leve capa de escarcha. Al rato, cuando le parece al conductor, el aire acondicionado se desactiva y te descubres en tu ingenuo ateísmo dándole gracias al señor.
En fin. Otra de las cosas a las que en realidad nunca se acostumbra uno es a que las estaciones estén llenas de pivas. Si, pivas, tias buenorras, macizas, llamadlas como gustéis. En todo el resto de la ciudad no verás ni de lejos un cuerpo en condiciones, pero como entres en la estación de autobús, muere. En realidad esto no mola. Es estar constantemente con los dientes largos. Como al que le enseñan chucherías a través de un cristal antibalas. Llega a ser jodido. Cuando vas en el bus siempre se sube alguna de éstas en muchas de las paradas. Como mínimo en dos de cada tres paradas.
Vas montado en el autobús y de pronto te ataca esa sensación por sorpresa, el terror del autobús. Dices “mierda, joder, esto yo ya lo tenía superado”. Pero es gradual. Al principio crees que podrás soportarlo. Cuando llevas una hora de viaje estás amargado. Media hora más y estás deseando que el autobús se la pegue en la siguiente curva con tal de acabar con esa horrible sensación. Ahí estás en plena agonía y todavía queda más de la mitad del trayecto por recorrer. Es entonces cuando lo adviertes todo de una forma negativa. Quieres que todo reviente. Todo te toca los cojones. El autobús se detiene. Suben un par de viejecitos bastante arrugados. Aunque el autobús vaya vacío hay altas probabilidades de que alguno de ellos coja y postre sus posaderas en el asiento de al lado tuya. Eso es una falta de respeto. Pero esta vez ves como pasan hacia atrás y el autobús arranca. Te sueles sentar en el lado de la ventana, pero acabas de trasladarte al asiento que da al pasillo con la esperanza de aliviar la sensación de fatiga mirando la carretera hacia delante. Una curva. Otra curva. La carretera avanza muy lento, casi dirías que va para atrás. Pero tú no podrás hacer nada. Relájate, disfruta de tus nauseas y de la impotencia de estar subido a un autobús controlado por un trastornado cutáneo. De repente el aire frío. El autobús se transforma en un congelador con ruedas. Ves por el rabillo del ojo como castañean los dientes del tipo del otro asiento, al otro lado del pasillo. Hielo. Tundra. Zona cero. La mujer de delante tose. Eso te toca los cojones, no sabes exactamente por qué. Tose con frecuencia. Es por culpa del aire frío. Te toca los cojones sobremanera que la mujer de delante se ponga a toser. “PERO ES QUE NADIE SE DA CUENTA, ESE PUTO CONDUCTOR DE AUTOBUSES PRETENDE MATARNOS A TODOS”. Tu cerebro comienza a vomitar banalidades. Te imaginas de todo. Te imaginas a la mujer de delante tosiendo, girándose para mirarte y decir “Jode, eh?”. Te acuerdas de Hunter S. Thompson en las vegas, colocado con adrenocromo. Sacudes la cabeza. El aire frío ha parado y se ha detenido el autobús. Suben unas cuantas personas. Un par de pivas, las ves pasar. También suben dos personas más, dos personas gordas. No verás a las dos personas gordas. El coche arranca. Hasta el rato no te percatas de que el tipo del otro lado se ha bajado y en su lugar hay otro tipo con una niña pequeña en brazos. La niña te mira. Nunca les has hecho monerías a niños extraños. La gente suele hacerlo, pero a ti eso también te toca los cojones. Algo dice la niña. Señala, se ríe, y tu con ganas de vomitar. No sabes por qué, tu mente fluye autónoma, ves un reflejo de la niña arrugada, envejeciendo. Ya no ves a un tipo con una niña en brazos, sino a un tipo abrazado a un fiambre con un lazo en el pelo. Sacudes la cabeza, pero es peor. Vas a vomitarle al conductor en el pasillo. Por un momento piensas que ya que vomitas podrías dirigir el chorro a la mujer de delante. Simplemente lo piensas, no le busques un motivo. Entonces notas un cosquilleo por las piernas, calor, el infierno. El conductor ha debido accionar la calefacción. Definitivamente vas a vomitarle a la mujer que tose y le pedirás al tipo que sujeta al fiambre con el lazo en el pelo un pañuelo para limpiarte. Es un gran plan.
A todo esto, te preguntas qué hora será, pero no quieres mirar el reloj porque sabes que eso implicará descubrir lo mucho que aún queda para llegar a la estación y bajar a tierra firme. Sudores. La calefacción no para. Está bien, esto está durando demasiado. Miras la hora. Imposible, no puede ser tan temprano. No puede quedar tanto aún, voy a matar a alguien. Voy a matar al hijo de puta que me ha atrasado el reloj del movil. Sudores. Resoplas. Miras por encima de los asientos, te preguntas donde estará la cámara oculta. Y pasan los minutos muy lentamente.
Cuando te das cuenta todo ha tomado un matiz de escala de grises. Pestañeas un momento para que se desvanezca el filtro del photoshop. La calefacción ya no está activa y tu te habías quedado sopa, entre mareado y desmayado. Has llegado a tu destino, bienvenido a casa.
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